Madrid

A Madrid no puede hacerle el amor sin prisa, siempre lo hacen corriendo, siempre lo disfrutan volando. No pueden amanecer acurrucados, no pueden tomar el primer cafe del día en la misma taza.

Los rayos de la mañana le son prohibidos al lado de él. Él desea un día poder despertarle con un beso, él sueña que ella también lo anhele. Por lo pronto, sólo desean robarle unos segundo al reloj para armar con sus cuerpos una gran historia de amor con los pocos minutos que tienen para hacerlo. Ovillos de carne y alma por unos instantes.

Él piensa en lo terrible que es tenerla tan cerca de la mano y tan doloroso que es extenderla y no alcanzarle. Madrid es una estrella fugaz que vista de cierto ángulo, se posa en las manos, que juega entre los dedos, que, con la inocencia de la luz, engaña a la vista, porque, por más esfuerzo que él haga, no está en sus manos. Madrid es evanescente, así como llegó está se va. No por nada surgió de un derepente y él sabe que así se irá y así se fue.

Madrid se enoja por los amores que a él le aquejaron en su pasado, le niega un beso como signo de su enojo y se va flotando sin voltear atrás.

Madrid toca la puerta de él con cualquier frivolidad para restregarle lo que para él es ya sabido, ella se convirtió en musa a la que sería impensable dejar ir; ella se burla, lo disfruta, goza la inestabilidad de él. Impensable pensar una nueva gota de tinta sin tener el cuerpo de Madrid como papeleta.

Madrid puede vivir sin la presencia de él, respirar aires de otros aires, sembrar en tierras ajenas a las de él. Camina por senderos paralelos a los de él. Ella tiene la facilidad de cruzar por puentes que caían una vez que esta los ha traspasado y reinventarse una nueva historia sin la presencia de él. Y así como hoy su nombre es Madrid, mañana podría llamarse de miles de formas.

Madrid tuvo que mirarle a los ojos para creer que, él, en verdad la quería. Porque hubo un tiempo en el que él le quería. Ella debía leer de sus ojos lo que con insistencia él le escribía, lo que ella alguna vez le oyó decir cuando hacían el amor. Pero, Madrid no tuvo que mirarle muy detenidamente para descubrir que él, en realidad, le amaba.

Murmullos en Tokio

Prefiero los silencios a los murmullos. Esos silencios que matan a la lengua fácil, a la palabra sin mensaje. Anhelo el cielo estrellado naciendo en el fuego del poeta y no a la exactitud de su nacimiento en las voces de la ciencia.

Se puede decir mucho cuando la cabeza es atrabancada, veloz, rapaz.. decir “te quiero”, se hace con facilidad. Juego de palabras donde sólo uno gana.

Por eso deambulo como muerto sin palabra, como tierra árida sin voz ni lluvia que consuele; esperando el momento de levantar el vuelo en las alas de un carbón que engendre frases cortas frases largas. Por eso, por efectos de la luz de los “te quiero” que de mi boca no se exhalan, el día que así lo digan estos serán vestidos de gala.

Ahora el problema es que ya no quiero escribirte con las letras que pueden vestirse de oro y hiel. Ahora quiero vestirte con besos que te hablen de lo que quiero hacer con tu piel.

Silencio

Qué difícil es mantener el silencio. Necesidad de tirar del habla como un arma letal es de natura, pero sin esperanzas de no sufrir.

Ojalá tuviera alguien que me inspirara para dejar de copiar frases ya hechas.

“Creo que tenías razón, la culpa es de uno que no enamora…” diría Beneddeti, con la anuencia de que esto escribe.

A Quién

 

 

Tengo una puta obsesión malsana. Una imagen que, de tantas veces que he matado, cien mil veces más resurge. La que solté a petición de parte.

¡Señores, se acabó la inspiración de este escribano! ¡Tinta que escribe sobre recuerdos rancios de viejas heridas! ¡Nunca más! Qué te escribo si no miras, qué te digo si no existes.

¿A quién escribir que no le haya escrito ya? ¿A dónde verter el resultado del remansos del corazón en su pugna con la razón? Retales de versos tapizan un corazón escarlata de latidos que gritan el nombre de Andalucía y de tierras de Hidalgo.

Nuestros momentos a solas los traduje en cuatro estrofas que nunca leerás y que siempre dirás conocer. Desnuda en sonetos, tu cuerpo de ninfa, de reojo te sabes vista, fingiendo no verme, sabiendo quererme.

Dónde quedó la insurrección de la palabra de la que tanto hablamos en esas noches de sábanas tibias y espacios vacíos. Sólo pedí que devolvieran mi ser de poeta libertario, mi alma enganchada en miradas de ojos de aceitunas y pelos rojizos, de ojos moros y orientales.

He visto personas con miedo, con un miedo inmenso a nadie sabe qué. Emociones navegando en dédalos que nunca llegan a ningún lado. Vueltas en círculos que siempre terminan en llantos… abjuran de las leyes naturales, han creado sus propias normas a seguir… En el Ágora pública vierten sus plañidos…

Incólume, un monolito de hueso, carne y piel. No fue en un tiempo lacónico, que todo esto se logró…

Cualquiera con cierta pasión puede escribir, con tinta o con lápiz, con sangre o con agua.

“Quién necesita sombras difusas acompasando su caminar, cuando la propia tiene vida y respira, incólume ante el radiante sol, abarca todo su sendero…”

Retales de colores que tapizan un corazón tan inmenso…

Siempre tengo guardado un pañuelo para la nostalgia y una buena pluma para exorcisarla…

Breve Descanso Laboral

Voy a intentar escribir algo fuera de lo habitual, describirte en palabras que trasciendan lo físico y reduzcan a lacónicas palabras tus detalles más ocultos, mis deseos más obscuros; esto podría ser una buena opción para mi ocio entre el curro y mi necedad de escribir.

Narrar nuestra tarde oscurana y lluviosa en la que ambos, encodados a la margen del río de Sen, nos amamos sin siquiera tocarnos. Eso podría llevarme a un abismo de líneas interminables, pretendiendo emular los mejores pasajes de Rayuela de Cortázar. Por hoy, sólo por hoy, mis labores no lo permiten; ya en tiempos de buenas cosechas, la pluma parirá párrafos de buena cepa que amainen el fuego de la fragua que me llama a ser mejor escrito que abogado, pero que ahora me recuerda que soy mejor abogado que escritor.

Deambular entre ideas concretadas y líneas inconclusas, es un riesgo que siempre sigo y que me tiene con 8 páginas navegando en el cajón de las no publicadas. Retoños de letras ansiosos por terminar su ciclo de gestación. Párrafos sin sentido orando en un limbo inconcluso de sueños, ruegan con buenas rimas y sin sentidos poéticos para motivar al autor a continuar. Lo que no saben, es que son nacidas de otras carnes, de otros tiempos lejanos de los que ni polvo queda, de un sol que ha muerto y sólo dejó sombras indefinibles, por lo que, en vano sus ruegos, ya no serán pulidas por la punta de mi lápiz ansioso de corazones nuevos.

Por lo pronto, a continuar la labor debo atinar. Ya vendrá otro tiempo en el que, en corro nos sentemos, a escribir lo que tu susurro me grite…

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Juego de dados

No te quiero escribir y estoy tecleándote mis sueños. No creo que te interese leerme y anhelo que descifres mi pensamiento del papel que dejo en tu mano.

Mi poesía escrita en tu cuerpo de ninfa alabastrina y yo tan tímido para pedirte que disfrutes mis roces que vienen entrelíneas; que difícil es decirte todo lo que te deseo a mi lado, cuando todas las noches rozas unas caderas que no son las mías.

Es como un juego en el que pienso que estamos involucrados los dos. Donde yo creo que ambos seguimos las mismas reglas, pero que, existe la posibilidad, de que tú ni siquiera hayas tirado los dados.

Eres un expolio de una guerra en la que nunca pensé liarme; eres un sainete en mi vida llena de enrevesados. Y aún así creo que estoy en ciernes de amarte sin querer hacerlo.

De Cuentos a Cuentos

Sólo se sentó a esperar, encodado en la mesa de la cafetería, esperó y esperó. Algo debía de pasar para poder salir del ensimismamiento en el que no encontraba reposo.

Cerró los ojos y el rostro melifluo de Karime asomó en su adentros, la depresión ya no lo pudo alcanzar, había trascendido el dolor de las relaciones rotas. De tanto dolor, un día se quedó sin nada que le doliera, de tanto llorar, llenó todas las vasijas por llenar y ya no hubo a dónde desahogar… y de tanto velar las armas, un día se cansó y tuvo que descansar. De los corazones rotos, sólo guardaba las caras y los momentos más etéreos, sólo con el fin de hacerlos poesía sin sentido o para mentarles la madre. Esa fue la fórmula que lo sacó del zascandil sentimiento de desesperanza que cada rompimiento amoroso traía de comparsa.

Con Karime había algo nuevo, algo diferente; ya que no tenía necesidad de amarla, porque nunca estaba; no tenía la necesidad de quererla, porque siempre huía. Cuando desaparecía, lo hacía por muchos días, semanas, meses. Por lo tanto, no había nada qué esperar de la nada; querer esperar algo de ella, era como buscar agua en el desierto y encontrar un oasis que no debía estar ahí. Era más bien, una cuentista. Decía: “mañana paso a verte…” y el mañana, de significado tan próximo, se convertía en un “mañana” de nunca amanecer. La “cuentista”, no muy diferente a las otras “cuentistas” que él tenía en su colección; pero era ella, ella era su cuentista favorita, porque al menos, sus invenciones las cubría con el acento de la novedad, que no deja lugar a duda que sí eran ciertas sus palabras.

El clímax de sus historias la llevaban a enojar, por ver que él tenía una relación; pero ella nunca estaba con él. Reclamaba tan inefablemente una traición donde no la había, y sin embargo, ella conculcaba todas las reglas del amor.

Una serendipia, un hallazgo inesperado, un frío calor que descubrió en medio de una clase a la que no puso más atención cuando ella apareció. De ahí nació su gusto por la cuentista… gusto que más tarde se vería recompensado con tenerla su lado, efímeramente, pero, a su lado.

De la nada, Miguel Hernández, acompasó con su poesía, las imágenes del rostro de ella, del cuerpo de ella, de sus encuentros furtivos:

“Me tiraste un limón, y tan amargo,

con una mano cálida, y tan pura,

que no menoscabó su arquitectura

y probé su amargura sin embargo.

Con el golpe amarillo, de un letargo

dulce pasó a una ansiosa calentura

mi sangre, que sintió la mordedura

de una punta de seno duro y largo.

Pero al mirarte y verte la sonrisa

que te produjo el limonado hecho,

a mi voraz malicia tan ajena,

se me durmió la sangre en la camisa,

y se volvió el poroso y áureo pecho

una picuda y deslumbrante pena.”

Abrió los parpados y recordó que ella siempre le acusaba de tener alexitimia, y él siempre le acusaba de no saber leer el alma.

De vuelta a la realidad, desencodó sus recuerdos, y su rostro adusto, barrió con la sonrisa que la cuentista le había regalado a un rostro poco dado a sonreír.

Martes descanso

Ojalá se sentara cerca de mí y me coqueteara.
Y sí, se sentó a lado mío y lo hizo.

No tenía otra opción que continuar el cortejo; pero, no tenía ni idea de cómo hacerlo.

La vieja costumbre que no me abandona, esa que me hace hacer cosas que, a primera vista parecer imposibles, ahora mismo ha brindado sus frutos y me ha regalado un puente entre sus caderas y mis brazos.

Ayer y hoy…

Madrid Tokio

Veo, leo y releo las letras y las imágenes que vos y yo hemos armado como rompecabezas el día de ayer. De letras e imágenes hemos hecho un college que solo avesados en las cosas del corazón entenderán; los inertes en el arte de la seducción, solo trazos de parvulo distinguirán.

Antes de ayer, tú silencio; ayer mi boca sobre la tuya… El hoy no tiene nombre ni descripción, solo quien escribe esta historia nacida del caos podrá darle su forma final o volverla historia inconclusa en el libro de Sherezade.Por lo pronto, la noche que se fue atestiguó mis manos al unísono sobre tus caderas y mi ser inundando a tu ser, el viento de nuestros alientos abrazados en una sola marejada y todo lo demás que tú vayas a agregar.

Mientras tanto, la realidad que impera con los primeros rayos de luz, destrozan el castillo de naipes…

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Algarabía

Siempre fue un niño triste, de esos tristes que ven la lluvia brotar de sus ojos aun cuando haya sequía. Las tardes soleadas o lluviosas se paraba junto a la ventana, esperando un abrazo de esos que calientan hasta el alma, una sonrisa que llenará sus ojos de ternura, y el vidrio sólo reflejaba su cara con surcos de tierra fértil para sembrar amor y de los cuales sólo cosechaba indiferencia.

Los días de lluvia las gotas inundaban las calles, pero él asomaba su cara para borrar sus lágrimas con el vaivén del viento y pretexto perfecto tenía para disimular su tristeza, la cual se vaciaba como cantaritos al río que se formaba en la plaza.

Los tiempos de asomarse a la ventana se fueron con el pasar de los años, ya no hay descanso para, siquiera, gritar desde lo alto. La madurez llegó y él se olvido asomarse a las ventanas; la mirada penetrante de sus ojos cafes no llueven más al compás de las gotas de cielo. Su alma de grande se comió al niño triste, el que muy pocas veces se asoma a mirar por los resquicios de una mirada aguda…

Algarabía (Jomagama)

Ayer y hoy…

Veo, leo y releo las letras y las imágenes que vos y yo hemos armado como rompecabezas el día de ayer. De letras e imágenes hemos hecho un college que solo avesados en las cosas del corazón entenderán; los inertes en el arte de la seducción, solo trazos de parvulo distinguirán. 

Antes de ayer, tú silencio; ayer mi boca sobre la tuya… El hoy no tiene nombre ni descripción, solo quien escribe esta historia nacida del caos podrá darle su forma final o volverla historia inconclusa en el libro de Sherezade. Por lo pronto, la noche que se fue atestiguó mis manos al unísono sobre tus caderas y mi ser inundando a tu ser, el viento de nuestros alientos abrazados en una sola marejada y todo lo demás que tú vayas a agregar.

Mientras tanto, la realidad que impera con los primeros rayos de luz, destrozan el castillo de naipes que llevó toda una noche fincar y que él con un soplo renovado levita en todas sus partes. Levantarse y vivir no me cuesta mucho cuando estoy acostumbrado a despertar sin tenerte y a respirar sin saberte mía; a caminar sin tu mano sobre mi mano y a desearte sin rozarte.

Pero estoy aquí, listo para la gran aventura de quererte sin que seas mía…

Omnipresencia

Te encuentro en la cara de todas las que pudieras ser tú y en ninguna de estas te encuentras. Rompes las reglas de la ubicuidad y al mismo tiempo te encuentro en dos caminos  contrarios que instantáneamente me devuelven a la serenidad de saber que no eres tú.

Desde mi torreón te busco y en todos lados te encuentro, sentada en jardineras, caminando en cien pasillos, hablando por teléfono con cientos de enamorados con los que sí conversaras de lo que nosotros nunca hablamos.

En la soledad del pensamiento te hablo de lo que pudimos ser y no somos, del remanso que te llevaste al partir y de la fuerza del huracán en el que me tocó remar desde el día que bajaste de nuestro barco.

 La fortaleza que me forjó después de los días sin ti son los pilares que me sostienen y no me dejan encorvar en caso de que fueras tú la única entre las miles en que te veo.

Hilitos Purpura

Hilitos purpuras ya no brotan de la herida; sólo punza colorada y en brinquitos acompasados. Como si ella me hubiera olvidado de un de repente y yo no pudiera olvidarla; pero ya no brotan de ella hilitos de dolor, no refrescan como antes.

Si te quisiera, como siguiente paso me enamoraría de tí y no podría dejar de escribir hasta que las yemas de los dedos pidieran tregua a unas teclas ya sin letras y sin sentido; pero el desconsuelo del dolor me detiene. Por eso sigo amando a la que se fue y ya no es, y omito hacerlo contigo, porque sé que el amor entre tú y yo será más cauto y razonado, más de razón y menos de corazón. Al menos ella me enseño que la razón de la sin razón es la que a la razón desfallece, y que sin poema de por medio seguirá sin amarme, y quizá tampoco yo lo haga.

Ni escribir bonito, ni pintar sobre el papel, ni nubes de terciopelo, ni azahares en el pelo.

Despedida de la tinta….

Esperando el tranvía y guardando las plumas. Otros años traerán trocitos de inspiración, no tan candentes como los que despertaron el lápiz estos días, después de tantos años de sueño.

Cerrando la puerta, lo escrito ya solo pertenece al que lo quiera sembrar, y que bendita sea su cosecha. Solo el viento sabrá de dónde surgieron y algunos fragmentos podrán caer en corazón de tierra fértil que den nueva vida a otras letras que ya no serán mías.

LA MAGA

LA MAGA me animaba para seguir al lado de Carla M.; cuando veía los desplantes que le hacía y como la ignoraba, ella solía decir: “después vas a llorar…”, predestinando el desenlace fatal. La Maga también vislumbró que nuestro camino ya había terminado, cada vez más se abría el vértice entre ella y yo, y de su parte no le impulsaba el tener alguna aventura, solamente la animaba el hecho de saber que mi crecimiento y el suyo pasaba por otros caminos. Tanto la conocía que yo sabía, sin que ella me lo dijera, que si como resultado de nuestro abandono ella fuese la única beneficiaria, la Maga no hubiese tomada esa decisión, su futuro lo hubiera empeñado a mi lado bajo toda carencia, pero juntos. La Maga tenía dos hijas hermosas, tan hermosas como las flores coloridas de la primavera, a las cuales las amé y las amo como si yo fuera su padre. Y sí, yo soy su padre, o al menos eso dicen las fotos; porque la primera prueba de paternidad, más infalible en mi caso, es que para todas mis creaciones carnales se usó el mismo molde. Por eso cuando veo a alguien parecido a mí por las calles, volteó a saludar a la pared.

Pero la Maga, además de adivina, era sanadora de almas. Era capaz de llevarse el dolor de las personas que se les acercaban, cargarlo sobre sus espaldas y sufrir calladamente lo agobiante del peso. Sin quejarse. Cuando el abuelo enfermó, la familia al unísono repartió la obligación de estar con él en su convalecencia, como segundo en la línea de sucesión al trono del apellido paterno, me fue asignado un lugar de honor, mismo que rechace ante el enojo de gremio familiar. La Maga tomó mi lugar, con la fuerza y el honor que en ese momento me hacían falta, ella suplió su descanso por desvelos al lado del abuelo. Ella fue el artífice de llevarlo a morir a su “cueva”, ella concientizó a mi padre que el alma de su padre tenía que irse, que el estar en el hospital solo era tiempo extra en la vida de alguien al que se le acabo el sendero, La Maga encontró enemistades por sus augurios. Al final, el abuelo murió en su apacible espacio.

 

La Maga, marcó indeleble sus rasgos en ambas ramas de mi árbol genealógico. Cuando la abuela murió en la soledad de los que vieron por muchos y al final mueren solos con sus recuerdos; sabedores sus parientes cercanos que su cuerpo no iría muy lejos si se le dejaba a solas en esa su última morada, acordamos ir a descansar para regresar al siguiente día a terminar con las exequias. Todos a en un mismo movimiento nos levantamos preparando la salida, la Maga con lo mirada baja, exclamó: “yo me quedo”… todos nos sentamos sin voltear a vernos y acomodamos los cuerpos que tendrían por delante varias horas de desvelo. La Maga había hablado por las almas que esperaban el descanso al lado de los pocos que le quedaban.

 

La Maga amó a mi primogénito como si fuera nacido de sus entrañas, podría decir que más que el vientre que lo acuno en su gestación, pero sería blasfemar. Si algún amor puede haber en esa relación, la de ellos tendría que estar entre las de las escalas más altas y más amorosas. Porque el cabrón no fue bueno para ver a su padre todo un mes de diciembre, pero sí para correr a brazos de la Maga cuando enfermó. Con voz entrecortada la Maga me dijo: ¡me habló mi niño!

No me importó la ausencia de mi hijo en las fiestas decembrinas, tenía su corazón al lado de la Maga, ya no importaba la protección de su padre, la Maga lo cuidaría.

 

Proféticamente la Maga predijo que mis desplantes y la falta de discreción me harían llorar. Cuando la predicción se hizo realidad y mi vida se colapsó; abatido y sin esperanza alguna, la Maga retomó mi mano y guió mis pasos. A regañadientes me envío a un curso de “Sanación con Ángeles”; por la gravedad que el caso ameritaba, le siguió un retiro budista financiado con sus pocos ahorros. Más repuesto y todavía pegando las últimas piezas del alma, ví colapsar a mi padre, la caída de las Torres Gemelas de mi existir. Aturdido en un primer momento, dejé que todo mundo tomará el bastón de mando que mi padre siempre portaba inseparable. Nada más que, nadie imaginó que, al paso de los años y viendo la estatura de él, aprendí a forjar mí propio bastón de mando, más pulido y de otro estilo, no tan agraciado como el suyo, pero más contundente. Caído en cama, sin contar con su conciencia, su cuerpo y mente se deterioraba cada segundo. La Maga nuevamente obrando, me recordó la esencia de mi ser, en la soledad de los pensamientos surgieron las respuestas seguidas de las acciones. Contraviento y marea mi padre fue alojado en una institución privada, los años de mi esfuerzo y trabajo, ahora daban fruto y hacían el milagro de su recuperación; la Maga cada vez más alejada, me seguía enseñando el camino y en ausencia estaba a mi lado.

Los caminos insospechados del destino, me decía la Maga, dictaban que, ahora que el crecimiento económico estaba sonriéndome, éste fuese destinado para asistir a mi padre en su enfermedad. Al despertar de su convalecencia, aprendizajes de la vida envueltos en experiencias, decía la Maga, éste me lloró amargamente al verse en un hospital que él creía fuera de sus alcances, no monetarios, sino meritorios. Ególatra como solo podía ser un hijo suyo, quedó aclarado que, de sus cuentas, ni un quinto había salido. Pero el ISSSTE nos alcanzó y si bien sus mejores días nos los regaló ahí dentro, también los peores acontecieron. La moraleja estaba dada, el hombre es más importante que el dinero, y el dinero sin el hombre no tiene valor; esa lección me la aprendí bien.

 

Ya desde antes de esos tiempos, la Maga empezaba a surcar otros aires, empezaba a ser la verdadera Maga, sin ataduras, en libertad, sin ambigüedades. Inmersa en su nueva dinámica. Ahora nuestros caminos en paralelo ascendente, solo convergen cuando las cosas en común lo requieren; jamás deja de llegar a mi llamado. La Maga sigue hipnotizando a las almas buenas con su risa infantil, con sus dientes separados que denotan su inocencia, con sus ojos en los que viven mil universos y por eso entiende el que vive en cada uno de nosotros. La Maga ya dejó de pertenecer a algo o a alguien, la Maga se fundió con el universo y envuelta en su materia es parte del todo lo que toca o le mira. La Maga acepta darme su última profecía, con temor le expongo en una sola pregunta toda mi incertidumbre sobre el porvenir, ahora que mi padre se ha ido, que le prometí ser el cuidador de mi madre y familia, que he olvidado al amor de ayer y he vuelto a sentir latir mi corazón. Maga, ¿qué es lo que viene para mí? La Maga cierra sus parpados sobre sus bellos ojos verdes, analiza mi petición, mueve su cabeza en contradictorios sentidos y con su dedo índice escribe sobre la mesa: “ahora es tu tiempo, has llegado al punto exacto donde debes volar solo, todo está dado para que seas feliz”. La Maga junta sus dos manos y las lleva hacia su corazón, me indica que ahí vivo, que siempre tendré un lugar en él, estalla en luz blanca y por primera vez le puedo ver como en realidad es. Extienda un par de alas enormes y solo el verde de sus ojos le da vida a un contorno blanco de destellos, al mismo tiempo que desaparece entre el azul del cielo.

Tres puntos…

Preparó la pluma fuente, sumergió la punta bajo el chorro del agua, miró sobre la charola y contó las hojas suficientes. El café humeante preparaba el camino para una larga noche de desvelo; los depósitos de tinta al tope no serían pretexto para detener las letras, ni los sueños, y  la imagen de los ojos cafés enmarcados en una gran sonrisa lo veían desde una esquina con la gracia de las que saben que con una sola mirada inspirarían a más de un misántropo.

La pluma pulida para los momentos de especial inspiración, daba sus destellos de gala, los mejores; sabía que cada letra que estampara en las blancas hojas podría ser una vida llena de viajes e ilusiones, que la sequía de inspiración del escribano que la había condenado a una caja elegante pero obscura, tenía sus horas contadas. Solamente un desastre de gran magnitud impediría su retorno a los escenarios; pero, sí algo tan sencillo como una mirada de ojos penetrantes la sacó del exilio, que pasaría si esta no hubiese sido lo suficientemente penetrante como para prender el valle de la imaginación. En fin, ella no lo sabría hasta poner el punto final.

Como muchos hechos inspiradores, estos eran repasados una y otra vez por el que los escribiría; regresaba a la emoción de la primera conversación. Si bien es cierto que ya se conocían, nunca antes se habían hablado, hasta que, por un error, éste envió la imagen que desató la aurora boreal de sus emociones, al menos en los de él.

Navidad fue testigo del chispazo que él sintió. Efecto dominio de desesperanza que terminaba con la última ficha en el suelo y daba paso a la luz que hacía casi un año le había abandono, ensombreciendo sus días con amargas vivencias, obscuras emociones y ausencias en el corazón. Emoción que acrecentó el primer día del año y algunos posteriores, y que ahora le llevaban a desenfundar la inspiración.

Tomó la pluma firmemente, acarició sus sueños y posó la mano sobre la hoja brillante. La duda le invadió por unos segundos, regreso a verificar que realmente todo lo que le había llevado hasta ese momento fuera cierto, pensó en cómo iniciar su relato, quiso manchar las hojas con mil y una historias maravillosas. Transformar sus emociones en viejos castillos custodiados por enormes dragones quiso, batallas sangrientas en honor de Aldonza Lorenza pasaron por sus sienes, valles y montañas bañados por pequeños ríos de oro y plata imaginó. Miles de ideas locas se posaron en la punta del estilógrafo, y miles de emociones se agolparon en su corazón, empujándolo a escribir los tres puntos suspensivos más largos y dolorosos de su vida…

Dónde 

Pasión, sigues ahí en el dolor de cada día y en la soledad de sus ojos y de su recuerdo. Eres veneno en las venas del desahuciado de las tinieblas, que no intenta la mejoría por el temor a perderla

He muerto sin tu luz, en medio del olvido al que me arrojaste, el camino está de frente y mi vida se quedó en tus ojos que viraron hacia otro arroyo. Ha caminar sin rumbo estoy y la senda de mi frente no existe, solo una llanura donde no encuentro luz que me guíe y brazo que se pose en mis hombros para caminar juntos sobre camino ciego donde tu eras la dirección correcta.
Me sigues doliendo con un dolor que solo quién lo vive lo puede deletrear. Las historias que cuentan de tus nuevos caminos llagan mi ser, cada vez más sin esperanza ni futuro.

YO, Escritor

Me hubiera gustado ser escritor, me hubiera gustado ser un lector ávido e intelectual; me hubiera gustado vivir el amor, con sus múltiples caras y aromas, y platicarle al mundo oyente de mis fantasías e ilusiones producto de mil amores y despeños.

Un vate traductor de la luz en tus ojos, una pluma viajera de tus muslos, una mano desconocida escribiendo como si nunca nos conociéramos de siempre… y lo único que soy, es lo que siempre no quise ser, un traductor del amor malfherido por los lunares que ya no respiran con los míos.
Hoy te dejé ir, aunque tenía mucho que tomaste otro camino; abrace una mano fría, pensando que tu mano me reconocería, como la que un día acompañó mis alegrías. Rescatar los restos de un ahogado, y darle una respiración sin aliento,

29 marzo 2015

Nora:
Escribo está carta en un momento de reposo y de tranquilidad espiritual, que hace que cada una de las letras aquí plasmadas nazcan con una fuerza natural y divina, como escrita en nubes de terciopelo guinda. Puede que la llama violeta se extinga, lo que no puede pasar es que se vaya sin que haya dejado profunda huella en nuestras vidas.
La soledad fue una premonición de tiempos aciagos, el horizonte sólo nubes de destierro dejaba ver. Al igual que mi fortuna, grises pasos huellas hondas troqueleaban en la mar. Siempre optimista, atado a las desgracias, no me dejaba vencer; desfortuna más arraigada no conocida viví, y en una gran epopeya tuve que embarcar para del montón poder sobresalir.
Ahora, libre de toda desventura, por camino tengo lo que mis fuerzas puedan forjar y lo que mi corazón dicte a mi razonar. Ya no hay caminos de retorno, los huertos de frutas y el olor del verde campo abren la puerta de un nuevo existir en sus valles y en sus montes nada me hará sufrir, más allá de no tenerte en mis desvelos.

Arrastre

Arrastre de pies después de medio camino andado, a veces flaqueo, a veces al pairo me veo. Contratiempo me apresuro a ganar minutos perdidos, segundo a segundo, duplico el rendimiento de los pasos dados, ya con tobillos cansados, ya con la vida de lado.
No me detiene el aire que falta, no me detienen tu ausencia que mata, no me detiene la vida prestada, no me detiene tener solo nada.
Arrastro en mis pies un alma de guerra, que firme o tambaleada, recoge mis alas de plano dobladas y de tu ausencia imgregnadas.

Sin conciencia se mueven dos piernas y el firme sendero revive mil deseos de abrazarte, tenerte y esculpirte, en trozos de hojas donde tu marca subsiste.
Hambre y cansancio ya rondan, como buitres acechando; veredas sin rumbo apremian a no perder la luz que se extingue, palpitante, moribunda, de mil formas que persisten en tu imagen que dejaste.

Cuánto durará la estancia en estos llanos sin reflejos de tus ojos ausentes y de nuestras vidas distantes, tiempos perdidos en un tiempo que me diste y que frágil junto con mis manos en mi mente.

El tiempo pasará y el remanso de tu pelo me cubrirá, dándole a mis alas mil motivos para soñar, ya en tu cuerpo sin pudor o en hierba reposar sin vestido que arrojar. Mitigado de cansancio, con heridas que sanar, levanto vuelo tambaleante con tu aroma en mi existir.

Perdí la magia de escribir, ya no brotan las palabras con soltura como antes. Quizá se cansaron de ser muchas y no decir nada, quizá la puntilla nunca fue tan creativa como lo pensé. Lo cierto es que ya no brotan de la nada, ni en mansos arrolluelos, ni en ríos desbocados, ni de tinterillo aprendiz, mucho menos de talante fugaz.
A dónde pararía la inspiración pérdida ¿en una mano más acertiva? ¿en ojos moros hambrientos de siluetas, motor de sus sueños? ¿En dónde dejé el hambre del poeta? ¿dónde incubadora de mis sueños te quedaste?
Ya las musas duermen cubiertas de cenizas y arena del mar, ni la luna de tus ojos ni las hadas de tu ayer me son familiares ¿dónde quedaste inspiración?
Lo mío sólo son ecos huecos de una mar monosílaba, una y mil veces, repitiendo el trinar de sus olas, una y mil veces lo mismo y lo mismo, unas pocas veces el barullo de otras cosas. Ya no hay aves que canten tu cuerpo florido, ni amaneceres dibujando tu sexo; todo se incendio con palabras sin aura e inertes que dibujan muertos bajo una luz brillante y colorida, que no por destellar mil estrellas en luna romancera parará.

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No me gusta el mar

No me gusta la inmensidad del mar, refleja la soledad de mis entrañas con su cálido cambios de humor y sus mundanas acciones.
Ni me gustan sus noches candentes; ni su sinuoso trajín de olas y marejadas obscenas de mujeres descarnadas con su sexo grabado en mi boca.
Yo tuve amores que ahora viven ahí, que cada que la marea baja dejan al descubierto sus muslos de sal y de coral. “Bienvenido” escrito en sus cuerpos deletrea con ansias mi pasión, por eso, no me gusta el Mar ni su soledad.
Muchos muertos me escupen sus playas, poca vida exhalan los cuerpos, pláticas inconclusas que no nacieron me gritan al aire, rugidos de voces escupen a mi alma y cuántos silencios trazados com palabras no dichas en mantos nocturnos me dejaron.

Porque me engancho en su i fi ta red de besos salados y miradas que ensordecen la razón Por eso nunca me enamoro del mar, ni de ojos verdes ni orientales ni de mar. 

Mi navegar se quedo en aguas mansas, sigilosas y dulces, terciopelo cristalino, cerradura de una puerta que abre mi remo a sueños desvelados. Nunca el mar necesito mi remo para ser mar, ni mi barca para ser tormenta, por eso no le merecí dar opinión de por qué amaba al mar.

Por eso no me gusta e

Esperanza con olor a cafe

Sorbo a sorbo, te me vas olvidando, pretendo hacer que tu recuerdo quede archivado como expediente en dependencia pública, hasta abajo. Por unos momentos consigo navegar en los tranquilos mares de mi cotidianidad y en las turbulentas aguas de mi función profesional; con aroma de café  penetrando mi conciencia y el néctar de sus granos prefiero hacerme a la idea que el amor es solo una invención de los sentidos, que ese todo que te forma puede ser remplazado por  otro “otro” que te supla; que tu suplente me mire como me mirabas, que me bese como sólo tú lo hacías,  que me abrace como me ahorcabas y sobre todo, que me ame como me amabas.
Y con cada sorbo me voy dando cuenta que ni te puedo olvidar, ni te puedo suplir; que lo mas sencillo es creer que te has ido para siempre y que tu presencia solamente será una evanescente figura que así como llego, así se irá, dejándo  tras de sí, solo el aroma de lo que nunca pudo ser un verdadero aroma de café en mi alma.

Cómo no hacerlo…

Cómo amarte en silencio con un corazón tan desenfrenado como el mío, que confunde la lluvia con el llanto. Tan lleno de lecturas que invitan a creer en el amor a primera vista, que tus deseos de buenos días los decanta en besos para endulzar el café de su mañana.

Cómo no amarte con los poros de mi cuerpo y la luz de mi alma, cuando de tu miel envuelta en besos ansiosos  y de las caricias a tus ojos renació la llama de fuego que incendia a mi corazón y lo hace crepitar emitiendo esos sonidos que solos se traducen en estas líneas.

Cómo olvidarte de la noche a la mañana si echaste a andar una maquinaria que de tan vieja escribe cada día mejor.

Cómo amarte si no compartimos la misma visión de como funciona un corazón, tú tan prohibida y yo tan insistentemente tuyo.

Sólo la distancia resuelve esas dudas que se clavan en las sienes y presagian que aciagos días vienen después de las despedidas.
Por lo pronto, como siempre y como nunca, al pairo espero los aires que empuje la barca. Indistintamente se sabe que, como siempre, todo pinte para caer por la borda, que llegará un momento que parezca fatal y de buenas a primeras, la quietud alcance Nuevo Puerto.

EL MENSAJE

El mensaje llego, por raro que parezca, a través de un correo telefónico: “a las 12 de día ponte a meditar, vas a ver un círculo alrededor del sol…”. Mensaje complementado con sendas misivas de reproche del cuerpo que servía de materia a un ángel mujer y que letras más, letras menos, se me quejaba: “Gelita me hizo llorar, por que te extraña…”; “y hoy a las doce, la sientes”.

¡Una hora de meditación¡ con mucha paciencia en las mañanas sostenía mi cuerpo 10 minutos, y no hallaba el momento para echar pa´lante el reloj; lo mío no es la contemplación pasiva, lo mío es el bullicio, la mirada furtiva, el blanco complejo con juicios duros que a la postre son sólo sentencia de las conductas de un juez pecador.

Pero, a las 12, ahí me encontraba: escéptico como siempre, pero, a la vez, creyente como el que lo ha vivido en carne propia o en aura suya fenómenos que no todos han experimentado. Recostado sobre el tapete, no me costo trabajo tomar la postura que todas las mañanas adquiero con prisa, con la sencilla diferencia que hace tener la serenidad de ver las tareas cumplidas; perdón, digo: con la serenidad que da, el ver las tareas postergadas, sin cargos de conciencia. Solamente una vez al año se es testigo de la resurrección del Señor.

La comunión de los sentidos y el Universo, son las inequívocas señales del trance consciente; dejar el cuerpo libre, solamente sostenido por el aire y el armazón del esqueleto, es quizá la forma más sencilla de rendir culto a la naturaleza, y dicho sea de paso, a la que tanto nos hemos esforzado en destruir y la cual se niega a dejarnos a nuestro libre albedrío. Sin prisas tome mi asiento de primera fila para experimentar el regalo que se me había prometido, las doce del día y mis ojos cerraron sus cortinas apiñonadas. El sol a plomo bañaba cada célula de mi ser, sin la presión del reloj tras de mí, me dí la oportunidad de cambiar de postura, de una flor de loto a la de un cuerpo caído en combate; solamente sentirme cómodo fue la regla. Retraído por los silencios del cuerpo y de la mente, fue en ese momento que dentro de mi conciencia nebulosa, una imagen evanescente acoplaba su cuerpo blanco y prístino a la vera del mío. Sus grandes alas duplicaban el tamaño de su cuerpo y nos servían de cobijo a ambos, sus manos se posaron sobre mi cuerpo sin consciencia y su cabeza se acoplo sobre mi pecho; todo el amor que nos profesábamos desde hace más de tres años, en ese instante, sin usar los sentidos ni las palabras nos lo dijimos.

El reloj sin prisa andaba, y con la seguridad de saberla a mi lado; levanté la vista hacia el sol resplandeciente. Sin creerme merecedor de regalo alguno, ni esperar ver nada que el más común de los mortales pudiese, la sorpresa fue mayúscula cuando el halo solar anunciado se insertaba alrededor del astro rey y me anunciaba la resurrección del Salvador. Con la alegría en el corazón y sabiéndome parte del milagro de la carne y del espíritu, no dudé en acrecentar ese sentimiento de ser humano tan especial, como hace mucho me he venido sintiendo; además de consolidar la seguridad de mis pasos, al lado de mi Ángel, que me sigue con sus grandes ojos azules y su incesante aleteo que me recuerda dónde están los margenes de mi camino y que no se asusta porque vienen llenos de rebeldía e intentan desfacer agravios…

Los Pasos de la Sombra

Amanece, por la ventana los signos inequívocos del alba se dejan ver; es el tiempo del tiempo, la rutina nuevamente hay que hacer girar, con algunos cambios insignificantes para que tampoco mate. La Sínfonola, “la Estacion del Barrilito”, suena en un radio viejo que se niega a morir, como la banda de amplitud modulada. “El amor, cuando es sincero,
se encuentra, lo mismo, en las torres de un castillo que en humilde vecindad…” la voz del Barítono de Argel resuena en el espacio del pequeño cuarto.

Yo Escritor

Vena epifánica que conecta el alma con el corazón y que recorre cada uno de los poros del cuerpo; génesis de la famosa “carne de gallina” y vertedero de la voz del anima convertida en ríos de tinta-sangre con la que el escritor drena el exceso de locuras acumulado e ideas que vierte por el ducto llamado mano; eso es lo que dicen los que escriben con pluma o lapicero.

Sonata del corazón escrita en cuaderno pautado de sueños e ilusiones, de dolor y pasión, de llanto o alegría. El artista, cual pianista que interpreta a dos manos, se dispone a traducir las notas dispuestas en el atril del alma, cada nota que se erige a golpe de martillo son ideas plasmadas en papel de barro y sueños; dicen los que no olvidan las no tan viejas máquina de escribir Olivetti, Underwood y demás.

Los nuevos de ordenador, decimos que el alma no se ve, pero sí se siente; que cuando acariciamos o cosquilleamos el teclado-abecedario con tanto gusto por lo que hacemos, todas ellas, bailarinas confabulan para no dejarnos en ridículo con nuestros lectores. Qué el universo es tan extenso e infinito como un ordenador, del cual sólo ocupamos una ínfima parte de su potencial, pero qué, con ese tantito, movemos al mundo con imaginación y tenacidad.

Nunca rechazo una buena pluma con la cual escribir; aunque siempre termino adivinando o descifrando qué escribió mi puño y eso tiene un aura de novedad, porque al descifrar se suplen las palabras y nacen otras ideas putativas.

En lo personal, más allá de la magia del puño, las máquinas de escribir me hipnotizaban con el tic tup del martillo labrando sobre un papel y los engranes del rodillo escupiendo con aire magistral obras primaverales o decadentes inviernos de ideas inconexas.
Mi tío tenía una viejísima en su despacho (máquina de escribir, de la otra ya hablaremos en otra ocasión); al parecer una Underwood que bien le hacia honor al nombre de “reliquia”. Creo que con esa pieza de museo nació mi gusto por las antigüedades; el simple hecho de imaginar quién pudo haber posado sus dedos sobre sus desgastadas teclas, a qué mundos maravillosos sirvió de creadora; o el pensar a qué mente rindió sus teclas y a cuántas mujeres enamoro con sus perfumadas líneas le daba una guía a mi ansiada búsqueda de futuro.

Idolatré a mi tío, como un niño endiosa al padre; varias ocasiones mi personalidad la resumí como “el sobrino de” o “X es mi tío”; tarjeta de presentación que creía me abriría las puertas más inaccesibles incluyendo las del cielo. En varios encuentros circunstanciales con personas del ambiente político de la Ciudad de México dicha presentación al menos me daba a ganar una palmada de respeto a la estirpe, que en mis épocas mozas eran de gran aliciente para el futuro. Gracias a él me jacté en ese tiempo de trabajar en el mejor periódico de México, “El Universal”, el Gran Diario de México (denmé chance, estaba yo chavo chico e inexperto en las cosas de las noticias y su venta al mejor postor).

Lunes por la mañana, catorce o quince años a cuestas, y la Hemeroteca de El Universal me daba la bienvenida con olor a tinta, sabores del pan y del café que en su comedor se servía a los empleados; me daba un abrazo con una mano derecha llena de nombres, fechas, acontecimientos, opiniones, traiciones, actos heróicos;  y una izquierda de esperanza, amor a las letras y a las caricaturas, de fe en un futuro promisorio. Mientras recortaba las noticias en los periódicos que los investigadores hemerográficos ya habían analizado y catalogado para ser puestos a mi disposición; como segunda actividad personal recortaba las caricaturas que todos desdeñaban y que para mí alimentaron varias carpetas de tan insignes trazos que todavía hacen bulto en el librero y que mi jefa siempre me pide que saqué sabiendo que el gusto por los librero llenos es por ella y que sabe no haré.

Sólo una oportunidad me dí para aprender de su técnica; con todo el miedo que le tiene uno a las deidades me acerqué alguna ocasión y le pedí me enseñara a manejar la pluma. Me puso como sencilla tarea hacer dos escritos: uno con tintes subjetivos y el otro objetivo.

Sólo me recuerdo que tratando de retratar en mi cuaderno la cuestión objetiva: me avoqué a dibujar la escena de la cena de navidad de mediados o finales de la década de los años ochentas en su casa sin éxito alguno; contrariamente, el relato subjetivo, dejo de lado las caras que escenificaban su papel en cena navideña y a los abrazos fingidos en la corte del rey. El elefante blanco y las hormigas jornaleras con las que ejemplifique mi relato subjetivo, en lo personal, se me hicieron de lo más sencillo y divertido, sin una sola palabra de hipocrecía y con unos cuantos pesos que pagaron las hormigas para subir al paquidermo blanco, mi destino ponía la semilla de un interior escrito en tinta-sangre. De aquéllas tareas entregadas al mentor sólo recuerdo vagamente una serie de observaciones hechas al margen del escrito objetivo y que hacían ver ese papel como un exámen pasado de panzazo; pero un muy sencillo “esta bien” en mi escrito subjetivo, que fue como una guía con dirección al futuro. Nunca regrese por mi segunda lección, todavía no sé que me impidió volver a cruzar la puerta de su oficina; de su boca no salió una felicitación o una desaprobación que me hiciera volver o justificara mi inasistencia permanente a su clase.
Con mi escrito subjetivo bajo el brazo como trofeo y el otro como papel de baño regresé a la Hemeroteca, ahí el agreste Pepe Chávez, inquisitivo hasta la muerte, dió con mi puñado de letras y como buen periodosta y ávido lector no dudo ni un segundo en hurtarlo y descifrarlo. ¿Quién escribió ésto? – dijo. Yo – le respondí.
Lo dudó unos segundo y me me espetó: Eres bueno. Y eso me sirvió para que mi elefante blanco y sus hormigas laboriosas tuvieran un escaparate en una revista política de aquellos años.

Cuando él murió ya había otra muerte que me dolieron más; la falta de aprecio e indiferencia hacia mi persona habían hecho mella en mi espíritu rebelde e insumiso que veía en cada desplante de su falsa jerarquía un insulto a la inteligencia. Paradójicamente fue después de haber muerto, que mi padre me contó, que en una charla familiar, mi tío le confesó que yo era muy bueno para escribir, que bien pulido yo sería muy bueno.

Los recortes de periódicos donde se narraban sus apariciones públicas o internas del periódico eran atesorados por la familia de mi madre que también se sumaban a la veneración del personaje; los obituarios acrecentaron el volumen del expediente. Creo que por ahí debe de existir algún cuaderno con esos papeles en forma de álbum que nos recuerda quién fué y por la zona metropolitana de Atizapán de Zaragoza un pequeño montículo de tierra que nos recuerda, lo que todos somos, y a dónde nos dirigimos inexorablemente en maza.

Pero, aún antes de mi incursión en el periodismo (como IBM: y vemé a hacer ésto y vemé a hacer lo otro…), cuando en la preparatoria a la máquina de escribir se le tenía como herramienta de la canasta básica y al final de cada uno de mis trabajos el corrector era el amo y señor de mis errores de dedo, de los errores ortográficos, etcétera; marcando a muchas frases con huellas del combate, pero galardonadas como las más aguerridas y sobrevivientes en la lucha de las ideas.

Antes de decubrir mis dotes de payaso y cirquero, por mi mente tampoco dibujaba el ser escritor. Uno de mis primeros ensayos fue sobre “la Libertad”, el cual surgió como tarea de Taller de Lectura y Redacción, la cual me orilló a una situación que hacia mucho había dejado de practicar: la bonita costumbre de presentar una tarea, o mejor dicho: de hacer una tarea con gozo e ímpetu (desde sexto año alguna niña enamora de mí me la hacia (la tarea); mal correspondida por mi corazón, sea dicho de paso (la niña, no la tarea). Calificación de nueve y la conciencia de que en mi mente algo raro pasaba; porque la anotación marginal del profesor: “Entendiste todo que escribiste”, me hizo pensar que, o yo estaba muy avanzado para mi grado escolar o mi profesor era medio pendejo… Solución primera que el tiempo y la vida me quito, bajo la premisa que “sólo las mentes más ociosas creen ser únicos e irrepetibles, bajo el estúpido estigma que es la creencia que tener un “don” cualquiera nos hace mas que los demás y más cuando cada uno de los seres humanos tenemos en mayor o menor medida uno, oculto o a la vista. Y la del profe pendejo, me la trague sin agua cuando descubrí todo lo que se esconde detrás de una simple anotación marginal; todo lo que un mentor provoca y que me hizo volar, cuando creía no tener alas, que me hizo sentir una palmada fortísima encerrada en dos sencillos signos de interrogación, cuando me creía autista.

Mi inspiración surge en cualquier lado, no tengo necesidad de ritual alguno; un espacio bien abrigado, un concierto que me tome con lápiz y papel en mano son suficientes para danzar sobre las líneas con perfume de mujer. Pocas veces concluyo un escrito; de no ser corto y que siga mi regla de oro, éste dormira el sueño de los justos en un ordenador o en un papel que siempre sé donde está y que algun día con la paciencia de un artesano concluiré. No acostumbro escribirle ni a la rosa ni al jazmín; mis modelos tienen nombre y aroma de mujer, cuerpo de diosa y un espacio en sus caderas a la medida de mis sueños. Alguna vez lloré como profano lo que no pudes pelear como poeta; por eso ahora soy más bate que humano y mi táctica comprende agazaparme, observar la cintura sin menospreciar ni uno solo de sus ángulos, evanecerme entre sus cabellos, de reojo miramos sin que me mires y antes de que no te pueda tener cargar nuevamente mi pluma de silencios escritos y en un anonimato que quisiera no serlo.

Con la llegada de Internet, los escritores closeteros poco a poco asomamos las narices al ciberespacio; los más deseperados transcribieron hojas y hojas; los otros, poco a poco abrimos una página en Blogger o WordPress: nos desilusionamos porque nadie nos leyó; pero también maduramos cuando nos dimos cuenta que no es el hecho de ser leído lo que nos da vida; que más bien, el deleite es saber escuchar al espíritu y darle  escaparate al lenguaje del alma. Dejar que la sinfonía de la vida  escriba en cuadernos pautado que es nuestra historia y que las musas tenga un espacio donde reposar junto a las letras que ya las han perpetuado.

Sólo una foto más…

Me gustas con todos los sentidos que te percibo, algo más que una foto en sueño; ser un instante en papel, génesis de obturador basto para dejar el tiempo y el espacio perpetuado en el lienzo perene que nos describe el mar de los silencios.

Imagen de instante fugaz de mil lecturas; donde tu sonrisa de Monalisa dice lo que nunca has dicho, y calla lo que dicta el corazón; enigma esculpido en mármol que sólo los presentes en el momento del génesis hubieron ver nacer y vieron morir mss rápido que los lienzos. ..

Letras llaves de nuevos mundos con múltiples puertas; donde los caminos son menos sinuosos de la mano de tu sonrisa y donde los besos no dados se recrean en profundos sueños de primavera y de pieles sudadas por el deseo de que nunca se vele tu rostro de dientes de mañana fresca.

Aunque cada vez menos inspirado, no pierdo la fe de que la fuente de la gracia siga conmigo, ya dictándome al oído, ya empujando mi inconsciente a teclear sobre lo que me dicté tu recuerdo fugaz y tus caderas tatuadas en mis manos. Caderas forjadas en piedra de cantera de tierna edad no desmerecen el esfuerzo de tomar la pluma y transcribir los dictados que traduzco de las líneas tatuadas en los vértices no alcanzados.

Jugueteando, comisura con comisura,  se ríen de los besos que no alcanzaron a darse porque la foto es la foto y de frente nunca se alcanzaron las tiernas bocas de ansiosos gritos por no dejar a su par huérfanos de su aliento . Ojos centelleantes de parpados menguantes, reflejos del destello de sol sobre las estrellas que se niegan a creer que la vida viene de una luz extraña a su existencia.

De la paleta de colores apagados, a los intensos tonos que da la esperanza sólo bastaron tus destellos; los que nos basto un segundo, segundos que juntos procrearon ilusiones que nacieron ciegas pero con la vida de tu aliento y la esencia de tu piel pegada a la mía.

El Invitado Permanente.

Trato de recoger un folder con papeles que hace unos segundos tenía en mi mano; la busco para sentir que ella me puede ayudar en esta desesperación por ubicar el bulto perdido. Solo recuerdo haber pasado junto a dos hombres de aspecto humilde, de una fonda abierta y buscarla desesperadamente, como si solo ella pudiera sacarme de éste embrollo; y mis conjeturas me llevan a buscar a los dos hombres, ahora, tras una fonda sorpresivamente cerrada (ahí deben de estar esos papeles misteriosos). El miedo no me permite tocar, indagar, al menos no sentir miedo por esa repentina desaparición… Como si fuera la única que pudierá romper el hechizo de la angustia, la busco a ella, siento una desesperación terrible la cual, conjuntada con la perdida de la visión que empiezo a experimentar solo ella puede resolver. Me quiero morir!
El estruendo del zaguán me despierta, me devuelve a la vida con la resaca del malsueño que acabo de vivir; el miedo de no encontrar los papeles y a ella, se ha ido tras recobrar la conciencia. Ahora solo queda la conciencia que la bestia ha vuelto, que los años de terror y de todo lo malos adjetivos calificativos y peores sueños y angustias están desempacando en el atrio de mi casa.
Ya no hay lugar a donde correr, la barda posterior es muy alta para saltarla, las ventanas de la esperanza cada vez las veo más pequeñas y no entra mi cuerpo por ahí. Lo único que queda es recibirla como a una vieja conocida, como a la intrusa que siempre quise que no regresara, pero que también sabía que tenía una membresía vitalicia.
Creo que no tenemos que saludarnos si no quieres – me dijo.
Te gusto el regalo- volvió a hablar mientras yo atónito no podía creer que estuviera nuevamente aquí.
Esa historia de los papeles es muy ligera; no quise ser tan grotesca y menos con alguien que siempre tuvo la deferencia hacia mi persona.

Compañera de siempre.
La de sin rostro.

Historias de la casa.

Sombrero en mano, sentado sobre la banca del parque, imbuido en sus pensamientos; esperaba paciente el investigador privado y poeta de fin de semana, apelativo con el cual se autonombraba él. Robles Matuk tenía la costumbre de trabajar sus problemas de depresión con la contemplación del ir y venir de los paseantes en el parque de la Alameda; esa depresión que lo acompaño desde joven y con la cual tuvo que aprender a convivir a falta de valor parar poder poner una bala en su cabeza. Dentro de sus recurrentes recuerdos y cizañas que intentaba exorcizar en sus múltiples visitas a la banca terapéutica se encuentra las mil y un veces que ha estado a un sólo movimiento de su dedo índice de tirar de su revólver 9 milímetros y dejar atrás todos sus recuerdo


Nunca tan solo como cuando convive con la depresión…

Pero sus demonios por el momento permanecían quietos, tranquilos, y esto le daba la oportunidad de vivir intensa y plenamente cada minuto de su vida.