Yo Escritor

Vena epifánica que conecta el alma con el corazón y que recorre cada uno de los poros del cuerpo; génesis de la famosa “carne de gallina” y vertedero de la voz del anima convertida en ríos de tinta-sangre con la que el escritor drena el exceso de locuras acumulado e ideas que vierte por el ducto llamado mano; eso es lo que dicen los que escriben con pluma o lapicero.

Sonata del corazón escrita en cuaderno pautado de sueños e ilusiones, de dolor y pasión, de llanto o alegría. El artista, cual pianista que interpreta a dos manos, se dispone a traducir las notas dispuestas en el atril del alma, cada nota que se erige a golpe de martillo son ideas plasmadas en papel de barro y sueños; dicen los que no olvidan las no tan viejas máquina de escribir Olivetti, Underwood y demás.

Los nuevos de ordenador, decimos que el alma no se ve, pero sí se siente; que cuando acariciamos o cosquilleamos el teclado-abecedario con tanto gusto por lo que hacemos, todas ellas, bailarinas confabulan para no dejarnos en ridículo con nuestros lectores. Qué el universo es tan extenso e infinito como un ordenador, del cual sólo ocupamos una ínfima parte de su potencial, pero qué, con ese tantito, movemos al mundo con imaginación y tenacidad.

Nunca rechazo una buena pluma con la cual escribir; aunque siempre termino adivinando o descifrando qué escribió mi puño y eso tiene un aura de novedad, porque al descifrar se suplen las palabras y nacen otras ideas putativas.

En lo personal, más allá de la magia del puño, las máquinas de escribir me hipnotizaban con el tic tup del martillo labrando sobre un papel y los engranes del rodillo escupiendo con aire magistral obras primaverales o decadentes inviernos de ideas inconexas.
Mi tío tenía una viejísima en su despacho (máquina de escribir, de la otra ya hablaremos en otra ocasión); al parecer una Underwood que bien le hacia honor al nombre de “reliquia”. Creo que con esa pieza de museo nació mi gusto por las antigüedades; el simple hecho de imaginar quién pudo haber posado sus dedos sobre sus desgastadas teclas, a qué mundos maravillosos sirvió de creadora; o el pensar a qué mente rindió sus teclas y a cuántas mujeres enamoro con sus perfumadas líneas le daba una guía a mi ansiada búsqueda de futuro.

Idolatré a mi tío, como un niño endiosa al padre; varias ocasiones mi personalidad la resumí como “el sobrino de” o “X es mi tío”; tarjeta de presentación que creía me abriría las puertas más inaccesibles incluyendo las del cielo. En varios encuentros circunstanciales con personas del ambiente político de la Ciudad de México dicha presentación al menos me daba a ganar una palmada de respeto a la estirpe, que en mis épocas mozas eran de gran aliciente para el futuro. Gracias a él me jacté en ese tiempo de trabajar en el mejor periódico de México, “El Universal”, el Gran Diario de México (denmé chance, estaba yo chavo chico e inexperto en las cosas de las noticias y su venta al mejor postor).

Lunes por la mañana, catorce o quince años a cuestas, y la Hemeroteca de El Universal me daba la bienvenida con olor a tinta, sabores del pan y del café que en su comedor se servía a los empleados; me daba un abrazo con una mano derecha llena de nombres, fechas, acontecimientos, opiniones, traiciones, actos heróicos;  y una izquierda de esperanza, amor a las letras y a las caricaturas, de fe en un futuro promisorio. Mientras recortaba las noticias en los periódicos que los investigadores hemerográficos ya habían analizado y catalogado para ser puestos a mi disposición; como segunda actividad personal recortaba las caricaturas que todos desdeñaban y que para mí alimentaron varias carpetas de tan insignes trazos que todavía hacen bulto en el librero y que mi jefa siempre me pide que saqué sabiendo que el gusto por los librero llenos es por ella y que sabe no haré.

Sólo una oportunidad me dí para aprender de su técnica; con todo el miedo que le tiene uno a las deidades me acerqué alguna ocasión y le pedí me enseñara a manejar la pluma. Me puso como sencilla tarea hacer dos escritos: uno con tintes subjetivos y el otro objetivo.

Sólo me recuerdo que tratando de retratar en mi cuaderno la cuestión objetiva: me avoqué a dibujar la escena de la cena de navidad de mediados o finales de la década de los años ochentas en su casa sin éxito alguno; contrariamente, el relato subjetivo, dejo de lado las caras que escenificaban su papel en cena navideña y a los abrazos fingidos en la corte del rey. El elefante blanco y las hormigas jornaleras con las que ejemplifique mi relato subjetivo, en lo personal, se me hicieron de lo más sencillo y divertido, sin una sola palabra de hipocrecía y con unos cuantos pesos que pagaron las hormigas para subir al paquidermo blanco, mi destino ponía la semilla de un interior escrito en tinta-sangre. De aquéllas tareas entregadas al mentor sólo recuerdo vagamente una serie de observaciones hechas al margen del escrito objetivo y que hacían ver ese papel como un exámen pasado de panzazo; pero un muy sencillo “esta bien” en mi escrito subjetivo, que fue como una guía con dirección al futuro. Nunca regrese por mi segunda lección, todavía no sé que me impidió volver a cruzar la puerta de su oficina; de su boca no salió una felicitación o una desaprobación que me hiciera volver o justificara mi inasistencia permanente a su clase.
Con mi escrito subjetivo bajo el brazo como trofeo y el otro como papel de baño regresé a la Hemeroteca, ahí el agreste Pepe Chávez, inquisitivo hasta la muerte, dió con mi puñado de letras y como buen periodosta y ávido lector no dudo ni un segundo en hurtarlo y descifrarlo. ¿Quién escribió ésto? – dijo. Yo – le respondí.
Lo dudó unos segundo y me me espetó: Eres bueno. Y eso me sirvió para que mi elefante blanco y sus hormigas laboriosas tuvieran un escaparate en una revista política de aquellos años.

Cuando él murió ya había otra muerte que me dolieron más; la falta de aprecio e indiferencia hacia mi persona habían hecho mella en mi espíritu rebelde e insumiso que veía en cada desplante de su falsa jerarquía un insulto a la inteligencia. Paradójicamente fue después de haber muerto, que mi padre me contó, que en una charla familiar, mi tío le confesó que yo era muy bueno para escribir, que bien pulido yo sería muy bueno.

Los recortes de periódicos donde se narraban sus apariciones públicas o internas del periódico eran atesorados por la familia de mi madre que también se sumaban a la veneración del personaje; los obituarios acrecentaron el volumen del expediente. Creo que por ahí debe de existir algún cuaderno con esos papeles en forma de álbum que nos recuerda quién fué y por la zona metropolitana de Atizapán de Zaragoza un pequeño montículo de tierra que nos recuerda, lo que todos somos, y a dónde nos dirigimos inexorablemente en maza.

Pero, aún antes de mi incursión en el periodismo (como IBM: y vemé a hacer ésto y vemé a hacer lo otro…), cuando en la preparatoria a la máquina de escribir se le tenía como herramienta de la canasta básica y al final de cada uno de mis trabajos el corrector era el amo y señor de mis errores de dedo, de los errores ortográficos, etcétera; marcando a muchas frases con huellas del combate, pero galardonadas como las más aguerridas y sobrevivientes en la lucha de las ideas.

Antes de decubrir mis dotes de payaso y cirquero, por mi mente tampoco dibujaba el ser escritor. Uno de mis primeros ensayos fue sobre “la Libertad”, el cual surgió como tarea de Taller de Lectura y Redacción, la cual me orilló a una situación que hacia mucho había dejado de practicar: la bonita costumbre de presentar una tarea, o mejor dicho: de hacer una tarea con gozo e ímpetu (desde sexto año alguna niña enamora de mí me la hacia (la tarea); mal correspondida por mi corazón, sea dicho de paso (la niña, no la tarea). Calificación de nueve y la conciencia de que en mi mente algo raro pasaba; porque la anotación marginal del profesor: “Entendiste todo que escribiste”, me hizo pensar que, o yo estaba muy avanzado para mi grado escolar o mi profesor era medio pendejo… Solución primera que el tiempo y la vida me quito, bajo la premisa que “sólo las mentes más ociosas creen ser únicos e irrepetibles, bajo el estúpido estigma que es la creencia que tener un “don” cualquiera nos hace mas que los demás y más cuando cada uno de los seres humanos tenemos en mayor o menor medida uno, oculto o a la vista. Y la del profe pendejo, me la trague sin agua cuando descubrí todo lo que se esconde detrás de una simple anotación marginal; todo lo que un mentor provoca y que me hizo volar, cuando creía no tener alas, que me hizo sentir una palmada fortísima encerrada en dos sencillos signos de interrogación, cuando me creía autista.

Mi inspiración surge en cualquier lado, no tengo necesidad de ritual alguno; un espacio bien abrigado, un concierto que me tome con lápiz y papel en mano son suficientes para danzar sobre las líneas con perfume de mujer. Pocas veces concluyo un escrito; de no ser corto y que siga mi regla de oro, éste dormira el sueño de los justos en un ordenador o en un papel que siempre sé donde está y que algun día con la paciencia de un artesano concluiré. No acostumbro escribirle ni a la rosa ni al jazmín; mis modelos tienen nombre y aroma de mujer, cuerpo de diosa y un espacio en sus caderas a la medida de mis sueños. Alguna vez lloré como profano lo que no pudes pelear como poeta; por eso ahora soy más bate que humano y mi táctica comprende agazaparme, observar la cintura sin menospreciar ni uno solo de sus ángulos, evanecerme entre sus cabellos, de reojo miramos sin que me mires y antes de que no te pueda tener cargar nuevamente mi pluma de silencios escritos y en un anonimato que quisiera no serlo.

Con la llegada de Internet, los escritores closeteros poco a poco asomamos las narices al ciberespacio; los más deseperados transcribieron hojas y hojas; los otros, poco a poco abrimos una página en Blogger o WordPress: nos desilusionamos porque nadie nos leyó; pero también maduramos cuando nos dimos cuenta que no es el hecho de ser leído lo que nos da vida; que más bien, el deleite es saber escuchar al espíritu y darle  escaparate al lenguaje del alma. Dejar que la sinfonía de la vida  escriba en cuadernos pautado que es nuestra historia y que las musas tenga un espacio donde reposar junto a las letras que ya las han perpetuado.

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