EL MENSAJE

El mensaje llego, por raro que parezca, a través de un correo telefónico: “a las 12 de día ponte a meditar, vas a ver un círculo alrededor del sol…”. Mensaje complementado con sendas misivas de reproche del cuerpo que servía de materia a un ángel mujer y que letras más, letras menos, se me quejaba: “Gelita me hizo llorar, por que te extraña…”; “y hoy a las doce, la sientes”.

¡Una hora de meditación¡ con mucha paciencia en las mañanas sostenía mi cuerpo 10 minutos, y no hallaba el momento para echar pa´lante el reloj; lo mío no es la contemplación pasiva, lo mío es el bullicio, la mirada furtiva, el blanco complejo con juicios duros que a la postre son sólo sentencia de las conductas de un juez pecador.

Pero, a las 12, ahí me encontraba: escéptico como siempre, pero, a la vez, creyente como el que lo ha vivido en carne propia o en aura suya fenómenos que no todos han experimentado. Recostado sobre el tapete, no me costo trabajo tomar la postura que todas las mañanas adquiero con prisa, con la sencilla diferencia que hace tener la serenidad de ver las tareas cumplidas; perdón, digo: con la serenidad que da, el ver las tareas postergadas, sin cargos de conciencia. Solamente una vez al año se es testigo de la resurrección del Señor.

La comunión de los sentidos y el Universo, son las inequívocas señales del trance consciente; dejar el cuerpo libre, solamente sostenido por el aire y el armazón del esqueleto, es quizá la forma más sencilla de rendir culto a la naturaleza, y dicho sea de paso, a la que tanto nos hemos esforzado en destruir y la cual se niega a dejarnos a nuestro libre albedrío. Sin prisas tome mi asiento de primera fila para experimentar el regalo que se me había prometido, las doce del día y mis ojos cerraron sus cortinas apiñonadas. El sol a plomo bañaba cada célula de mi ser, sin la presión del reloj tras de mí, me dí la oportunidad de cambiar de postura, de una flor de loto a la de un cuerpo caído en combate; solamente sentirme cómodo fue la regla. Retraído por los silencios del cuerpo y de la mente, fue en ese momento que dentro de mi conciencia nebulosa, una imagen evanescente acoplaba su cuerpo blanco y prístino a la vera del mío. Sus grandes alas duplicaban el tamaño de su cuerpo y nos servían de cobijo a ambos, sus manos se posaron sobre mi cuerpo sin consciencia y su cabeza se acoplo sobre mi pecho; todo el amor que nos profesábamos desde hace más de tres años, en ese instante, sin usar los sentidos ni las palabras nos lo dijimos.

El reloj sin prisa andaba, y con la seguridad de saberla a mi lado; levanté la vista hacia el sol resplandeciente. Sin creerme merecedor de regalo alguno, ni esperar ver nada que el más común de los mortales pudiese, la sorpresa fue mayúscula cuando el halo solar anunciado se insertaba alrededor del astro rey y me anunciaba la resurrección del Salvador. Con la alegría en el corazón y sabiéndome parte del milagro de la carne y del espíritu, no dudé en acrecentar ese sentimiento de ser humano tan especial, como hace mucho me he venido sintiendo; además de consolidar la seguridad de mis pasos, al lado de mi Ángel, que me sigue con sus grandes ojos azules y su incesante aleteo que me recuerda dónde están los margenes de mi camino y que no se asusta porque vienen llenos de rebeldía e intentan desfacer agravios…

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