29 marzo 2015

Nora:
Escribo está carta en un momento de reposo y de tranquilidad espiritual, que hace que cada una de las letras aquí plasmadas nazcan con una fuerza natural y divina, como escrita en nubes de terciopelo guinda. Puede que la llama violeta se extinga, lo que no puede pasar es que se vaya sin que haya dejado profunda huella en nuestras vidas.
La soledad fue una premonición de tiempos aciagos, el horizonte sólo nubes de destierro dejaba ver. Al igual que mi fortuna, grises pasos huellas hondas troqueleaban en la mar. Siempre optimista, atado a las desgracias, no me dejaba vencer; desfortuna más arraigada no conocida viví, y en una gran epopeya tuve que embarcar para del montón poder sobresalir.
Ahora, libre de toda desventura, por camino tengo lo que mis fuerzas puedan forjar y lo que mi corazón dicte a mi razonar. Ya no hay caminos de retorno, los huertos de frutas y el olor del verde campo abren la puerta de un nuevo existir en sus valles y en sus montes nada me hará sufrir, más allá de no tenerte en mis desvelos.

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