LA MAGA

LA MAGA me animaba para seguir al lado de Carla M.; cuando veía los desplantes que le hacía y como la ignoraba, ella solía decir: “después vas a llorar…”, predestinando el desenlace fatal. La Maga también vislumbró que nuestro camino ya había terminado, cada vez más se abría el vértice entre ella y yo, y de su parte no le impulsaba el tener alguna aventura, solamente la animaba el hecho de saber que mi crecimiento y el suyo pasaba por otros caminos. Tanto la conocía que yo sabía, sin que ella me lo dijera, que si como resultado de nuestro abandono ella fuese la única beneficiaria, la Maga no hubiese tomada esa decisión, su futuro lo hubiera empeñado a mi lado bajo toda carencia, pero juntos. La Maga tenía dos hijas hermosas, tan hermosas como las flores coloridas de la primavera, a las cuales las amé y las amo como si yo fuera su padre. Y sí, yo soy su padre, o al menos eso dicen las fotos; porque la primera prueba de paternidad, más infalible en mi caso, es que para todas mis creaciones carnales se usó el mismo molde. Por eso cuando veo a alguien parecido a mí por las calles, volteó a saludar a la pared.

Pero la Maga, además de adivina, era sanadora de almas. Era capaz de llevarse el dolor de las personas que se les acercaban, cargarlo sobre sus espaldas y sufrir calladamente lo agobiante del peso. Sin quejarse. Cuando el abuelo enfermó, la familia al unísono repartió la obligación de estar con él en su convalecencia, como segundo en la línea de sucesión al trono del apellido paterno, me fue asignado un lugar de honor, mismo que rechace ante el enojo de gremio familiar. La Maga tomó mi lugar, con la fuerza y el honor que en ese momento me hacían falta, ella suplió su descanso por desvelos al lado del abuelo. Ella fue el artífice de llevarlo a morir a su “cueva”, ella concientizó a mi padre que el alma de su padre tenía que irse, que el estar en el hospital solo era tiempo extra en la vida de alguien al que se le acabo el sendero, La Maga encontró enemistades por sus augurios. Al final, el abuelo murió en su apacible espacio.

 

La Maga, marcó indeleble sus rasgos en ambas ramas de mi árbol genealógico. Cuando la abuela murió en la soledad de los que vieron por muchos y al final mueren solos con sus recuerdos; sabedores sus parientes cercanos que su cuerpo no iría muy lejos si se le dejaba a solas en esa su última morada, acordamos ir a descansar para regresar al siguiente día a terminar con las exequias. Todos a en un mismo movimiento nos levantamos preparando la salida, la Maga con lo mirada baja, exclamó: “yo me quedo”… todos nos sentamos sin voltear a vernos y acomodamos los cuerpos que tendrían por delante varias horas de desvelo. La Maga había hablado por las almas que esperaban el descanso al lado de los pocos que le quedaban.

 

La Maga amó a mi primogénito como si fuera nacido de sus entrañas, podría decir que más que el vientre que lo acuno en su gestación, pero sería blasfemar. Si algún amor puede haber en esa relación, la de ellos tendría que estar entre las de las escalas más altas y más amorosas. Porque el cabrón no fue bueno para ver a su padre todo un mes de diciembre, pero sí para correr a brazos de la Maga cuando enfermó. Con voz entrecortada la Maga me dijo: ¡me habló mi niño!

No me importó la ausencia de mi hijo en las fiestas decembrinas, tenía su corazón al lado de la Maga, ya no importaba la protección de su padre, la Maga lo cuidaría.

 

Proféticamente la Maga predijo que mis desplantes y la falta de discreción me harían llorar. Cuando la predicción se hizo realidad y mi vida se colapsó; abatido y sin esperanza alguna, la Maga retomó mi mano y guió mis pasos. A regañadientes me envío a un curso de “Sanación con Ángeles”; por la gravedad que el caso ameritaba, le siguió un retiro budista financiado con sus pocos ahorros. Más repuesto y todavía pegando las últimas piezas del alma, ví colapsar a mi padre, la caída de las Torres Gemelas de mi existir. Aturdido en un primer momento, dejé que todo mundo tomará el bastón de mando que mi padre siempre portaba inseparable. Nada más que, nadie imaginó que, al paso de los años y viendo la estatura de él, aprendí a forjar mí propio bastón de mando, más pulido y de otro estilo, no tan agraciado como el suyo, pero más contundente. Caído en cama, sin contar con su conciencia, su cuerpo y mente se deterioraba cada segundo. La Maga nuevamente obrando, me recordó la esencia de mi ser, en la soledad de los pensamientos surgieron las respuestas seguidas de las acciones. Contraviento y marea mi padre fue alojado en una institución privada, los años de mi esfuerzo y trabajo, ahora daban fruto y hacían el milagro de su recuperación; la Maga cada vez más alejada, me seguía enseñando el camino y en ausencia estaba a mi lado.

Los caminos insospechados del destino, me decía la Maga, dictaban que, ahora que el crecimiento económico estaba sonriéndome, éste fuese destinado para asistir a mi padre en su enfermedad. Al despertar de su convalecencia, aprendizajes de la vida envueltos en experiencias, decía la Maga, éste me lloró amargamente al verse en un hospital que él creía fuera de sus alcances, no monetarios, sino meritorios. Ególatra como solo podía ser un hijo suyo, quedó aclarado que, de sus cuentas, ni un quinto había salido. Pero el ISSSTE nos alcanzó y si bien sus mejores días nos los regaló ahí dentro, también los peores acontecieron. La moraleja estaba dada, el hombre es más importante que el dinero, y el dinero sin el hombre no tiene valor; esa lección me la aprendí bien.

 

Ya desde antes de esos tiempos, la Maga empezaba a surcar otros aires, empezaba a ser la verdadera Maga, sin ataduras, en libertad, sin ambigüedades. Inmersa en su nueva dinámica. Ahora nuestros caminos en paralelo ascendente, solo convergen cuando las cosas en común lo requieren; jamás deja de llegar a mi llamado. La Maga sigue hipnotizando a las almas buenas con su risa infantil, con sus dientes separados que denotan su inocencia, con sus ojos en los que viven mil universos y por eso entiende el que vive en cada uno de nosotros. La Maga ya dejó de pertenecer a algo o a alguien, la Maga se fundió con el universo y envuelta en su materia es parte del todo lo que toca o le mira. La Maga acepta darme su última profecía, con temor le expongo en una sola pregunta toda mi incertidumbre sobre el porvenir, ahora que mi padre se ha ido, que le prometí ser el cuidador de mi madre y familia, que he olvidado al amor de ayer y he vuelto a sentir latir mi corazón. Maga, ¿qué es lo que viene para mí? La Maga cierra sus parpados sobre sus bellos ojos verdes, analiza mi petición, mueve su cabeza en contradictorios sentidos y con su dedo índice escribe sobre la mesa: “ahora es tu tiempo, has llegado al punto exacto donde debes volar solo, todo está dado para que seas feliz”. La Maga junta sus dos manos y las lleva hacia su corazón, me indica que ahí vivo, que siempre tendré un lugar en él, estalla en luz blanca y por primera vez le puedo ver como en realidad es. Extienda un par de alas enormes y solo el verde de sus ojos le da vida a un contorno blanco de destellos, al mismo tiempo que desaparece entre el azul del cielo.

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