De Cuentos a Cuentos

Sólo se sentó a esperar, encodado en la mesa de la cafetería, esperó y esperó. Algo debía de pasar para poder salir del ensimismamiento en el que no encontraba reposo.

Cerró los ojos y el rostro melifluo de Karime asomó en su adentros, la depresión ya no lo pudo alcanzar, había trascendido el dolor de las relaciones rotas. De tanto dolor, un día se quedó sin nada que le doliera, de tanto llorar, llenó todas las vasijas por llenar y ya no hubo a dónde desahogar… y de tanto velar las armas, un día se cansó y tuvo que descansar. De los corazones rotos, sólo guardaba las caras y los momentos más etéreos, sólo con el fin de hacerlos poesía sin sentido o para mentarles la madre. Esa fue la fórmula que lo sacó del zascandil sentimiento de desesperanza que cada rompimiento amoroso traía de comparsa.

Con Karime había algo nuevo, algo diferente; ya que no tenía necesidad de amarla, porque nunca estaba; no tenía la necesidad de quererla, porque siempre huía. Cuando desaparecía, lo hacía por muchos días, semanas, meses. Por lo tanto, no había nada qué esperar de la nada; querer esperar algo de ella, era como buscar agua en el desierto y encontrar un oasis que no debía estar ahí. Era más bien, una cuentista. Decía: “mañana paso a verte…” y el mañana, de significado tan próximo, se convertía en un “mañana” de nunca amanecer. La “cuentista”, no muy diferente a las otras “cuentistas” que él tenía en su colección; pero era ella, ella era su cuentista favorita, porque al menos, sus invenciones las cubría con el acento de la novedad, que no deja lugar a duda que sí eran ciertas sus palabras.

El clímax de sus historias la llevaban a enojar, por ver que él tenía una relación; pero ella nunca estaba con él. Reclamaba tan inefablemente una traición donde no la había, y sin embargo, ella conculcaba todas las reglas del amor.

Una serendipia, un hallazgo inesperado, un frío calor que descubrió en medio de una clase a la que no puso más atención cuando ella apareció. De ahí nació su gusto por la cuentista… gusto que más tarde se vería recompensado con tenerla su lado, efímeramente, pero, a su lado.

De la nada, Miguel Hernández, acompasó con su poesía, las imágenes del rostro de ella, del cuerpo de ella, de sus encuentros furtivos:

“Me tiraste un limón, y tan amargo,

con una mano cálida, y tan pura,

que no menoscabó su arquitectura

y probé su amargura sin embargo.

Con el golpe amarillo, de un letargo

dulce pasó a una ansiosa calentura

mi sangre, que sintió la mordedura

de una punta de seno duro y largo.

Pero al mirarte y verte la sonrisa

que te produjo el limonado hecho,

a mi voraz malicia tan ajena,

se me durmió la sangre en la camisa,

y se volvió el poroso y áureo pecho

una picuda y deslumbrante pena.”

Abrió los parpados y recordó que ella siempre le acusaba de tener alexitimia, y él siempre le acusaba de no saber leer el alma.

De vuelta a la realidad, desencodó sus recuerdos, y su rostro adusto, barrió con la sonrisa que la cuentista le había regalado a un rostro poco dado a sonreír.

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