Madrid

A Madrid no puede hacerle el amor sin prisa, siempre lo hacen corriendo, siempre lo disfrutan volando. No pueden amanecer acurrucados, no pueden tomar el primer cafe del día en la misma taza.

Los rayos de la mañana le son prohibidos al lado de él. Él desea un día poder despertarle con un beso, él sueña que ella también lo anhele. Por lo pronto, sólo desean robarle unos segundo al reloj para armar con sus cuerpos una gran historia de amor con los pocos minutos que tienen para hacerlo. Ovillos de carne y alma por unos instantes.

Él piensa en lo terrible que es tenerla tan cerca de la mano y tan doloroso que es extenderla y no alcanzarle. Madrid es una estrella fugaz que vista de cierto ángulo, se posa en las manos, que juega entre los dedos, que, con la inocencia de la luz, engaña a la vista, porque, por más esfuerzo que él haga, no está en sus manos. Madrid es evanescente, así como llegó está se va. No por nada surgió de un derepente y él sabe que así se irá y así se fue.

Madrid se enoja por los amores que a él le aquejaron en su pasado, le niega un beso como signo de su enojo y se va flotando sin voltear atrás.

Madrid toca la puerta de él con cualquier frivolidad para restregarle lo que para él es ya sabido, ella se convirtió en musa a la que sería impensable dejar ir; ella se burla, lo disfruta, goza la inestabilidad de él. Impensable pensar una nueva gota de tinta sin tener el cuerpo de Madrid como papeleta.

Madrid puede vivir sin la presencia de él, respirar aires de otros aires, sembrar en tierras ajenas a las de él. Camina por senderos paralelos a los de él. Ella tiene la facilidad de cruzar por puentes que caían una vez que esta los ha traspasado y reinventarse una nueva historia sin la presencia de él. Y así como hoy su nombre es Madrid, mañana podría llamarse de miles de formas.

Madrid tuvo que mirarle a los ojos para creer que, él, en verdad la quería. Porque hubo un tiempo en el que él le quería. Ella debía leer de sus ojos lo que con insistencia él le escribía, lo que ella alguna vez le oyó decir cuando hacían el amor. Pero, Madrid no tuvo que mirarle muy detenidamente para descubrir que él, en realidad, le amaba.

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